Mi yo futuro

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Un día cualquiera me levanté pensando en mi yo futuro, o sea, la Miriam de 65 años, cuando llegara el momento de jubilarme. ¡Estaba tan llena de sueños, y tenía tan poca idea de qué debía hacer para cumplirlos! Había visto a la abuela de una amiga tener que depender totalmente de hijos y nietos para sobrevivir en esa etapa que viene después de la vida laboral.

La abuela de mi amiga vivió 90 años. La esperanza de vida en 2015, según datos del Banco Mundial, era de casi 74 años para las mujeres, contra los 54 de 1960. Para Latinoamérica y el Caribe, esa esperanza está por encima de los 78 años. Como yo no tuve hijos, y por tanto no tendré nietos, estas estadísticas me pusieron de cara a un futuro preocupante. ¿Qué pasaría si yo viviera tantos años? ¿Quién cuidaría de mí? ¿Cómo haría en caso de no poder trabajar cuando sea aún mayor?

Eran preguntas que aún no tenían respuesta, y que me hicieron informarme. Yo tenía entonces 40 años. Lo primero que hice fue averiguar por mi Afore, que durante mis años de empleada se había estado alimentando –al parecer, silenciosamente–, aunque nunca me ocupé de ver qué pasaba con ella. También leí entonces que ese ahorro me garantizaría alrededor del 30% de mi salario al momento de jubilarme, o sea, muy poco. Para colmo, desde hacía un buen tiempo estaba yo trabajando como emprendedora, y por tanto no cotizaba directamente a esta.

No estoy asociado al IMSS ni al ISSSTE. ¿Qué hago?

Cuando parecía que el futuro de Miriam estaba perdido, conocí a quien es todavía mi asesor financiero. Con él inicié un fondo de inversión a largo plazo, destinado no a vivir cuando me jubilara, sino a realizar mis sueños. Sin embargo, también fue el momento de tomar una decisión acertada con mi retiro del mundo laboral.

Afortunadamente, aunque yo trabajaba de forma independiente, podía de todas formas cotizar a mi Afore, la misma que había tenido desde que era empleada. La diferencia es que las aportaciones las tenía que hacer yo de forma regular, y solo yo. Sin embargo, tenía todos los beneficios de cualquier empleado y, además, beneficios fiscales que me resultaron muy atractivos para el tipo de emprendimiento que ya entonces manejaba.

Al fin, tenía yo que ocuparme de mi futuro, pero no tenía topes mínimos ni máximos para aportar a mi cuenta individual, y podía deducir 10% de los ingresos o el equivalente a cuatro salarios mínimos generales vigentes en mi lugar de residencia.

Los tiempos habían avanzado tan aceleradamente que, además, podía meter mis datos en un simulador 'Semaforo para el retiro' que me arrojaría una proyección aproximada de cuánto tendría que ahorrar mensualmente para recibir, al momento de retirarme, lo suficiente para vivir 20 o 30 años más, realmente fue muy fácil hacer mi proyección.

Hoy soy una Miriam ocupada con mi destino. Podré vivir mucho sin grandes preocupaciones. De hecho, estoy haciendo planes para cuando llegue ese momento. Mi yo futuro, para mi tranquilidad, no tiene ya nada que reprocharle a mi yo presente. Nos hemos hecho amigas y juntas planeamos el porvenir.

 

 
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